Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Kate le escuchaba con la mayor atención, pero Densher comprendió que, respecto a lo de contárselo todo, se verÃa dividida entre su deseo y sus reticencias de oÃrlo; entre la curiosidad, que, como era natural, la consumÃa y el escrúpulo respetuoso ante el infortunio. Además, cuanto más le mirara —y nunca le habÃa dado la impresión de observar su rostro con tanto interés— más difÃcil le resultarÃa optar por una u otra actitud. Sencillamente, acabarÃa imponiéndose un sentimiento, y dicho sentimiento no serÃa la impaciencia. Esta intuición fue aumentando en él, e incluso, llegó a pensar por un momento que, si iba demasiado lejos, ella soltarÃa un maravilloso: «¿Qué horrores me estás contando?». SonarÃa —¿no se estarÃa exponiendo a eso él mismo?— como si renegase, por lástima, y casi por vergüenza, de todo lo que habÃa ocurrido entre ellos en Venecia. No era que fuese a confesar ninguna responsabilidad, ni a dejar que la traicionaran la compunción o el horror; pero Densher percibió en el aire —s× que no querrÃa conocer los detalles, que se negarÃa a oÃrlos, y que, aunque él tuviese la generosidad de entenderla, ella preferirÃa que se abstuviese. No obstante, tenÃa muy claro que, aunque tuviera que abstenerse, sólo lo harÃa en la medida en que le conviniese. Algo en su interior se negaba a no poder ser libre con ella. Al fin y al cabo ella lo habÃa sido con él tres meses antes. Ahora sólo lo era en el sentido de que le trataba con amabilidad.