Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —¿Las de la señora Stringham no le parecÃan verdaderas?
—Tal vez fuese a mà a quien no me lo parecÃan. El caso es que la tÃa Maud intentó volver a visitarle hace tres dÃas y en su casa le dijeron que se habÃa ido. Tengo entendido que partió hace unos dÃas.
—Y ¿no habrá vuelto a estas alturas?
Kate movió la cabeza.
—Ayer envió a alguien a preguntar por él.
—Entonces no la dejará mientras siga con vida —recapacitó Densher—. Se quedará hasta el final. Es un hombre extraordinario.
—A mà me parece que la que es extraordinaria es ella.
Volvieron a mirarse; y, extrañamente, él sólo acertó a decir:
—¡Ay, si tú supieras…!
—Bueno, al fin y al cabo es mi amiga.
En cierto sentido, en vista de sus delicadas reticencias, era la respuesta que menos se esperaba; y, por un breve instante, avivó con su aliento la impresión que le producÃa siempre de que era capaz de adaptarse a cualquier cosa.
—Entiendo. Tú habrÃas estado segura. Estabas segura.
—Pues claro.