Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —¡Pobre Milly! —exclamó Kate. Por triviales que fuesen sus palabras, su belleza las revistió de cierto estilo; luego añadió—: Se ha enterado, ya lo ves, demasiado pronto… Por supuesto, una contaba con que no llegase a saberlo nunca. Además, ella estaba convencida, por todo lo que habÃamos hecho, de que no habÃa nada entre nosotros, al menos nada preocupante en lo que a ti concernÃa. —Hizo otra pausa para reflexionar—. Hayas hecho lo que hayas hecho, no fue de ti de quien adquirió esa certeza. La convencà yo.
—¡Oh, eres muy generosa —dijo Densher— al reconocer tu parte!
—¿Es que creÃas —preguntó Kate— que iba negarlo?
Su mirada y su tono hicieron que lamentase en ese mismo instante su comentario, que de hecho habÃa sido lo primero que habÃa acudido a sus labios, como resultado evidente de lo que ellos habrÃan llamado la franqueza de Kate. Esta franqueza, visiblemente, era lo único que podÃa exigirle su propia lealtad. De todos modos, era una cuestión relativamente marginal.
—Por supuesto, estoy seguro de que compartimos nuestro reconocimiento, nuestra responsabilidad… como queramos llamarlo. No es cuestión de hacer partes ni de distinguir envidiosamente entre las impresiones que pretendÃamos dar.