Las alas de la paloma
Las alas de la paloma La vida de su padre, la de su hermana, la suya, la de sus dos hermanos desaparecidos… la historia de su familia causaba el mismo efecto que una frase elegante, florida y ampulosa, incluso musical, que primero se expresara con palabras, luego con notas sin sentido y por fin quedase inacabada sin notas ni palabras. ¿Por qué iba un grupo de personas así a ponerse en marcha con tantos aspavientos, como si estuviesen equipadas para un viaje provechoso, para luego fracasar sin haber sufrido ningún accidente y tenderse sin motivo en el polvo de la cuneta? La respuesta a estas preguntas no se encontraba en Chirk Street, pero las preguntas sí se planteaban allí, y las repetidas paradas de la joven delante del espejo y la chimenea bien podían haber representado lo más parecido a un intento de escapar de ellas. ¿Acaso no era de hecho una escapatoria parcial de lo peor cerciorarse de que era atractiva? Se contemplaba con demasiada intensidad en el espejo empañado para estar admirando sólo su belleza. Corrigió el ángulo del sombrero negro de plumas, retocó por debajo la espesa mata de cabello oscuro y continuó mirando de soslayo, tanto de frente como de perfil, el bello óvalo de su rostro. Iba vestida de negro de pies a cabeza y eso proporcionaba, por contraste, un tono más uniforme a su tez clara y mayor armonía a su cabello negro. Fuera, en el balcón, sus ojos eran azules; dentro, reflejados en el espejo, parecían casi negros. Era guapa, pero la suya era una belleza que no necesitaba de afeites ni cosméticos, circunstancia que por otro lado influía casi siempre en la impresión que producía. Dicha impresión era duradera, sin que pudiera decirse que el total fuese la suma de las causas. Tenía estatura sin ser alta, gracia sin necesidad de moverse, presencia sin ser corpulenta. Sencilla y esbelta, a menudo callada, estaba en cierto modo siempre a la vista: contribuía singularmente a satisfacer ese sentido. Más «vestida», a menudo, con menos accesorios que otras mujeres, o menos vestida, si la ocasión lo requería, con más, probablemente ni ella misma habría sabido explicar la clave de semejantes aciertos. Eran misterios de los que sus amigos eran conscientes, esos amigos cuya mejor explicación consistía en afirmar que era inteligente, sin que quedase muy claro si creían que era la causa o el efecto de su encanto. Si hubiese visto algo más aparte de su hermoso rostro en el turbio espejo de casa de su padre, habría reparado en que, al fin y al cabo, ella no formaba parte del derrumbe. No se tenía por vulgar y no contribuía a la miseria. Personalmente, al menos, no estaba marcada con tiza para la subasta. Todavía no se había rendido y la frase interrumpida, si ella era la última palabra, acabaría teniendo algún significado. Hubo un minuto en el que, aunque sus ojos siguieron pendientes del espejo, se quedó visiblemente ensimismada, pensando en el modo en que podría haber cambiado las cosas de haber nacido hombre. Ante todo se habría hecho cargo del apellido, el precioso apellido que tanto le gustaba y para el que, a pesar del daño infligido por su desdichado padre, todavía quedaban esperanzas. De hecho, lo quería aún con más ternura por culpa de esa herida sangrante. Pero ¿qué podía hacer una joven sin un penique sino dejar que se perdiera?
