Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Cuando por fin apareció su padre ella comprendió enseguida, como de costumbre, la futilidad de cualquier intento de obligarle a nada. Le había escrito diciéndole que estaba enfermo, demasiado enfermo para salir de su cuarto, y que debía verla cuanto antes; y si, como parecía probable, se trataba de un plan premeditado, había descuidado con total indiferencia hasta el elemental acabado que exige cualquier engaño. Estaba claro que, debido a las perversidades que él llamaba razones, había querido verla, igual que ella se había preparado para tener una conversación; pero Kate volvió a sentir, en la inevitabilidad de la desenvoltura que mostraba con ella, el viejo dolor, idéntico al que había sentido su madre, que su padre causaba siempre aunque te rozara apenas un instante. Ninguna relación con él podía ser tan breve o superficial que no resultara dolorosa; y, por raro que pareciese, no era porque él así lo deseara, pues por fuerza debía intuir a menudo sus desventajas, sino porque era incapaz de pasar por alto hasta el menor malentendido o de dejar a un lado tus limitaciones sin subrayarlas. Podría haberla esperado en el sofá de su saloncito, o haberse quedado en cama y haberla recibido allí. Kate se alegró de haberse ahorrado la visión de semejante penetralia[1] aunque eso no habría puesto tan en evidencia su falta de sinceridad. De ahí lo fatigoso de cada nuevo encuentro: repartía mentiras como si fuesen cartas de la grasienta baraja del juego de la diplomacia que te sentabas a disputar con él. El inconveniente —como sucede siempre en esos casos— no era que lo falso te incomodara, sino que echabas en falta lo verdadero. Tal vez estuviese enfermo, y quisieras darte por enterado, pero ningún contacto con él por ese motivo sería nunca lo bastante sincero. Incluso podía estar muriéndose, pero Kate se preguntaba justamente qué pruebas tendría que aportar él en tal caso para que ella lo creyera.
