Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —No deseaba oÃr la verdad —dijo Kate con un gesto altivo—. Te deseaba a ti. HabrÃa creÃdo de buen grado cualquier cosa que le hubieses dicho, aun sabiendo que era falsa. PodÃas haberle mentido por compasión, y ella lo habrÃa notado y, al ver que lo hacÃas por ternura, te habrÃa dado las gracias y te habrÃa bendecido y se habrÃa aferrado aún más a ti. En eso consistÃa tu fuerza, amigo mÃo, en que te quiere con pasión.
—¡Oh, mi «fuerza»! —murmuró con frialdad Densher.
—De lo contrario, puesto que te mandó llamar, ¿qué querÃa pedirte? —Y luego, casi sin ironÃa, mientras él esperaba, añadió—: ¿Fue sólo para volver a verte?
—No querÃa pedirme nada… nada, excepto que no me quedase en Venecia. Para eso me llamó. Al principio creyó, después de que él fuese a verla, que yo habÃa comprendido la conveniencia de marcharme. No lo hice, pues juzgué conveniente lo contrario, y, al cabo de unos dÃas, se enteró de que aún seguÃa allÃ. Y le afectó —dijo Densher.
—Pues claro.
Una vez más, tuvo la sensación de que, a pesar de toda su dignidad, Kate no era sincera.
—Si me habÃa quedado por ella, quiso poner fin a eso, quiso que supiera que no habÃa ninguna necesidad. Y quiso decÃrmelo a modo de despedida.