Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —¡Ah! ¿HabrÃas roto conmigo para que fuese cierto? ¿Me habrÃas dejado tirada con tal de tener la conciencia tranquila?
—No podrÃa haber hecho otra cosa —dijo Merton Densher—. Ya ves que hice bien en no comprometerme, y que ni siquiera podÃa concebirlo. Si alguna vez vuelves a pensar que podrÃa haberlo hecho, recuerda mis palabras.
Kate volvió a reflexionar, pero no con el efecto que él pretendÃa.
—Te has enamorado de ella.
—Llámalo asà si quieres… de una moribunda. ¿Qué más te da y qué importancia tiene?
La pregunta surgió de la intensidad y el apremio en que se habÃan visto inmersos desde que entrara en la sala; pero les dio su momento más extraordinario.
—¡Espera a que haya muerto! La señora Stringham —añadió Kate— telegrafiará. —Luego preguntó en un tono diferente—: Entonces ¿para qué te mandó llamar Milly?
—Es lo que intenté averiguar antes de ir. Debo decirte que no me quedó la menor duda de que en realidad lo que querÃa era darme, como tú dices, una oportunidad. Supongo que pensó que lo negarÃa; y comprendà que, si iba a visitarla, me pondrÃa a prueba. QuerÃa oÃr la verdad de mis propios labios —enseguida lo vi—. Pero estuve con ella veinte minutos, y no me lo pidió.