Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —Como cualquier otra visita.
—¡Ah! —respondió Kate. Densher se interrumpió unos segundos y ella aprovechó para continuar y hacer algo parecido a una de esas preguntas para las que él se habÃa preparado—. ¿Te recibió, en ese estado, en su cuarto?
—No —respondió Merton Densher—. Me recibió como de costumbre en ese enorme y glorioso salone, con el vestido que lleva siempre, en su inveterado rincón del sofá. —Su rostro pareció reflejar la escena por un instante, igual que el de ella pareció contemplarlo—. ¿Recuerdas lo que me dijiste de ella una vez?
—¡Ay! He dicho tantas cosas…
—Que no olerÃa a medicamentos, que no sabrÃa a medicinas. Pues bien, asà fue.
—¿Asà que es cierto que casi era feliz?
Tardó mucho tiempo en responder, ocupado como estaba en parte en reparar en que sólo Kate habrÃa sabido imprimir a esa pregunta un tono totalmente adecuado. No obstante ella esperó con paciencia.
—No creo poder decir ahora lo que era. Algún dÃa… tal vez pueda. Tal vez nos haga bien.
—Algún dÃa… claro. —Fue como si registrara su promesa. Sin embargo, Kate volvió a hablar con brusquedad—. Se recuperará.
—Bueno —dijo Densher—, ya lo verás.
Por un instante ella pareció intentarlo.