Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —¿Dejó traslucir de algún modo sus sentimientos? En fin —explicó Kate—, al verse traicionada.
No le apremió mucho, desde luego; pero él acababa de decirle que preferÃa pasarlo por alto.
—Sólo dejó traslucir su fuerza y su belleza.
—Entonces —preguntó su compañera—, ¿de qué sirve su fuerza?
Él pareció mirar por todas partes en busca de algún uso que darle; pero pronto dejó de intentarlo.
—Tiene que morir, cariño, a su manera tan extraordinaria.
—Claro. Pero no acabo de ver qué pruebas tienes de que estuviese enfadada contigo.
—Tengo la prueba de que se negó a verme muchos dÃas.
—Pero estaba enferma.
—Como acabas de decir, eso no se lo habÃa impedido antes… Si hubiese sido sólo la enfermedad, a ella no le habrÃa importado.
—¿Te habrÃa recibido de todos modos?
—Me habrÃa recibido de todos modos.
—¡Ah, bueno —dijo Kate—, si estás tan seguro…!
—Pues claro que lo estoy. También lo sé por la señora Stringham.
—Y ¿qué sabe la señora Stringham?
—Todo.