Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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Lo miró un rato más largo.

—¿Todo?

—Todo.

—¿Se lo contaste tú?

—Lo comprendió ella. No le he contado nada. Es de esas personas que se percatan de las cosas.

Kate se quedó pensativa.

—Porque también le gustas a ella. También ella es prodigiosa. Ya ves lo que hace el interés por un hombre. Lo que sea. No tienes nada que temer.

—No temo nada —dijo Densher.

Kate se cambió de sitio y miró el reloj, que dio las cinco. Comprobó la mesita del té, donde el enorme hervidor de plata de la tía Maud, que llevaba un rato sobre un infiernillo y que ella había olvidado, silbaba con mucha fuerza.

—¡Bueno, es todo perfecto! —exclamó mientras echaba en la tetera más cucharadas de té de la cuenta. Densher la observó un rato y luego se acercó a la mesa mientras ella vertía el agua humeante—. ¿Quieres un poco?

Él dudó.

—¿No sería mejor esperar…?

—¿A la tía Maud? —Ella entendió por qué lo decía: por la prohibición, según su antigua ley, de cualquier cosa que pudiera delatar su intimidad—. ¡Oh, ya no hay por qué preocuparse! ¡Lo hemos conseguido!


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