Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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—¿Sabías, querida, que han pasado tres semanas enteras…? —Y se calló, como para dejar que la señora Lowder considerase por sí misma esa extravagancia. Densher, por supuesto, comprendió enseguida que la clave para proteger a Kate era sacar el máximo provecho de eso; y que su rastro, como él mismo podría haber dicho, estaba borrado por el tiempo que, cuando volvió a admitirlo, dio una vez más a su anfitriona la medida de su escasa impaciencia por volver a verlas. Kate se marchó como si no hiciesen falta más explicaciones para poner de manifiesto lo delicado de su situación personal. Había recibido a su visitante en nombre de su tía: un visitante por quien en otro tiempo se había sospechado que sentía demasiada inclinación y que ahora regresaba como el afligido pretendiente de otra persona. No era que el destino de esa otra persona, su exquisita amiga, tras aquel giro trágico, no le interesase también a ella, sino que admitir al señor Densher como fuente de información tenía por fuerza que resultarle incómodo. Kate inventó esa incomodidad delante mismo de Densher y él se maravilló por la facilidad con que la había ideado. Le sirvió como la hermosa nube que pende sobre una diosa en un poema épico, y el joven ni siquiera llegó a saber vagamente en qué momento de su visita Kate se fundió delicadamente con ella y desapareció.



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