Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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Enseguida lo ocupó otra cuestión: ni más ni menos, que la realidad de la notable diferencia que los sucesos de Venecia habían introducido en su relación con la tía Maud y que esas semanas de separación habían hecho madurar para él. Antes de sentarse a la mesita del té ya notó que lo hacía en unas condiciones totalmente nuevas y, cuando ella insistió en servirle otra taza, le pareció que tenía muchas ganas de definirlas y establecerlas. Lamentaba, aunque comprendía, que lo que estaba ocurriendo le hubiese obligado a quedarse; las dos —desde que se enteraron por la pobre Susan de que había partido de Venecia— habían deseado verle pronto; como es natural, habrían preferido que hubiese vuelto directamente. Pero no necesitaba que le recordasen que era justo la escena —con lo que quería decir la tragedia que lo había absorbido y entretenido—, el recuerdo, la sombra y el pesar de ésta lo que había determinado su retraimiento. De ese modo lo presentó, por así decirlo, ante sí mismo con el disfraz con que lo había revestido, y prestó un elemento de verdad al personaje que por su parte Densher acabó adoptando. Lo trató como a un hombre asolado y devastado, frustrado y ya desposeído; y, al reparar en que eso abría un nuevo capítulo de franqueza con ella, él comprendió también hasta qué punto facilitaría sus avances con Kate. La joven sería más accesible que nunca; en Lancaster Gate, lo asociarían a algo claramente incompatible con cualquier otra idea. Comprendió con vividez que, si quería, podría «aprovechar» esa asociación: no tenía más que visitar la casa a su antojo con la actitud que le habían prescrito y ya no tendría que abandonarla. Lo más raro de todo fue el modo en que, al final de la semana, tuvo la sensación de someterse a las opiniones de la señora Lowder. En cierto modo, tales opiniones lo habían empujado hasta un punto del que no podía regresar. En ciertos momentos se preguntaba para sus adentros qué había sido de su sinceridad; en otros, se limitaba a concluir que la estaba utilizando al completo. Con lo único que no era sincero era con el exagerado sentimentalismo de la tía Maud. Era enormemente sentimental, y lo peor que hizo Densher fue seguirle la corriente. Él no lo era: todo era demasiado real; aunque, en cualquier caso, no era falso que las había pasado moradas.


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