Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Sobre todo no era falso, por ejemplo, que, cuando ella le dijo, el domingo, casi confortablemente, en su sofá, mientras tomaban el té: «¡Quiero que no le quede la menor duda, amigo mÃo, de que estoy con usted hasta el final!», no le quedó otro remedio que contemporizar. Estaba con él hasta el final —o podrÃa estarlo— de un modo en que Kate no lo estaba; y, para que literalmente eso hiciese que su compañÃa fuese más agradable, bastaba con no preguntarse por qué no habÃa de ser asÃ. ¿Estaba fingiendo en cierto modo una especie de regusto que no era real? ¿Cómo iba a hacerlo cuando, dÃa tras dÃa, ese regusto era su mayor realidad? En el fondo era lo único que habÃa entre ellos y, en dos o tres ocasiones, pasaron asà las horas. Fueron ocasiones —dos y pico— en las que habÃa ido a verla y se habÃa marchado sin aludir siquiera a Kate. Ahora que más que nunca estaba autorizado para preguntar por ella, un extraño giro de su relación la habÃa convertido en una nota falsa. Otro giro no menos extraño era que, cuando hablaba de Milly con la tÃa Maud, no saliera a relucir ninguna otra cosa. Iba a verla casi abiertamente por eso, y lo más raro era que se lo exigÃa su propio estado de nervios. Le habÃa tomado afecto; se estaba comportando, tuvo ocasión de repetirse, como si la apreciara más que nunca. La clave estaba en que ella también contemporizaba. No habrÃa podido tener mayor amplitud de miras, ni ser más locuaz, ni más compasiva. ParecÃa complacerla, satisfacerla, verlo tal como era; y eso también tenÃa sus efectos. Por supuesto, lo último que habrÃa imaginado era ese cambio, merced al cual se sentÃa totalmente libre con aquella señora; y que no se habrÃa producido si —por otra enormidad— no hubiese dejado de ser libre con Kate. Asà fue como, en la tercera ocasión en que se quedó a solas con ella, se vio diciéndole algo que no habrÃa podido contarle a Kate. De hecho, la señora Lowder sólo le hizo pasar un mal momento, a propósito de lo que debÃa ocultarle. Fue el primer domingo, después de que Kate se quitara de en medio, cuando expresó su pesar de que no hubiese podido quedarse en Venecia hasta el final. A él le resultó difÃcil explicárselo, pero ella acudió finalmente en su ayuda.