Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Fuese lo que fuese que hubieran determinado las horas recordadas, formó enseguida un vínculo con un efecto que en realidad había notado más de una vez esa semana, sólo que ahora de manera mucho más intensa. Un efecto que había notado e identificado ya: el de la actitud adoptada por su amiga ante su respuesta a la acogida que le había dispensado la señora Lowder y en la que ella no podía sino haber reparado. Lo había notado, y se lo demostró de manera muy bella: adoptando en honor suyo una leve y estudiada serenidad, una sombra de alegría sobre los efectos del tiempo. Todo por supuesto era relativo, dada la sombra bajo la que vivían; pero la manera en que le perdonó que prefiriese a la tía Maud para sus confidencias tenía casi una nota de alegría. Había consagrado así la distinción, por ingrata que fuese para ella; y nada, en realidad, podría haberle dado mejor, si la hubiese querido, la medida de la superioridad de Kate. Sin duda fue esa superioridad la que imprimió esa suave decisión a sus pasos y esa encantadora valentía a su mirada: una valentía que se intensificó cuando él planteó la cuestión que lo había llevado allí. No esperó más que el tiempo necesario para decirle, mientras pasaba la mano de Kate bajo su brazo y echaba a andar por los mismos sitios que antaño, que no pretendía disimular que en los últimos tiempos había habido momentos en los que no había creído que pudiera volver a ser tan feliz. Kate respondió, pasando por alto los motivos, cualesquiera que fuesen, de sus dudas, que ella confiaba en que serían muy felices si tenían paciencia; aunque nada le parecía tan maravilloso como la idea de dar un paseo. Por supuesto, después de lo sucedido, era sólo un espejismo que pudieran verse en la casa; habló de sus oportunidades como si no hubiesen sufrido ningún perjuicio. En cualquier caso, él le hizo saber que en ningún caso quería perjudicar la oportunidad presente, y en un sitio apartado, al pie de un enorme árbol invernal, le suplicó vivamente: