Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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Kate llegó por fin por el camino que a él le había parecido menos probable, como si viniera de Marble Arch; pero su llegada fue una respuesta: eso era lo que importaba; una respuesta dibujada en el rostro de la joven y más agradable para él, incluso después de las respuestas de la tía Maud, que ninguna otra cosa desde su regreso a Londres. Era cierto que no había respondido a su telegrama, y que él había empezado a temerse, al ver que se retrasaba, que intuyendo que él tenía intención de volver a presionarla, hubiera decidido —aunque fuese con cierto desasosiego— privarle de su oportunidad. Por supuesto, Kate sabía que tendría otras, pero tal vez viese que la presente era especialmente peligrosa para ella. De hecho, el propio Densher notaba que ésa era precisamente la razón por la que lo había preparado así, y se había regocijado, incluso mientras esperaba, al comprobar que las circunstancias le recordaban a tiempos mejores y más sencillos. Por un capricho del tiempo, pese a ser el día más corto del año, el parque estaba casi igual que en las tardes soleadas en que se habían producido sus primeros encuentros. Este y aquel árbol que se veían sobre la hierba extendían sus ramas desnudas sobre las dos sillas en las que se habían sentado en otro tiempo y en las cuales —pues podían volver a sentarse en ellas— podrían recobrar la claridad de las primeras veces. En todo caso, fue eso lo primero que se reflejó en el rostro de Kate cuando acudió a paso vivo a su encuentro. Su paso, cuando finalmente llegó a donde él estaba, le sirvió al principio, aunque sólo fuese para demostrarle una vez más lo guapa que estaba. Recordaba que en los últimos tiempos había ocurrido con frecuencia que, en determinados momentos, la creyera más bella que nunca; uno de ellos, por ejemplo, que todavía tenía muy presente, había sido su entrada, bajo la mirada de su tía, en Lancaster Gate, el día en que cenó allí a su regreso de Estados Unidos; y otro su figura en el mismo sitio hacía dos domingos: la luz con que iluminó sus ojos que aún llevaban consigo el recuerdo de Venecia. En el curso de uno o dos minutos, sintió, como otras veces, cierta aprensión ante el sello que pudiera imprimir la Fortuna.


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