Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Eso en sí mismo se convirtió para nuestro inquieto amigo al final de la semana en el principio de reacción: de manera que una mañana despertó con la sensación de haber desempeñado un papel del que debía renegar por respeto a sí mismo. Nunca había dado a entender en Lancaster Gate que, al ser un hombre obsesionado —un hombre perseguido por un recuerdo—, fuese inofensivo; pero la señora Lowder aceptó, admiró y explicó hasta tal punto esa nueva apariencia que casi adquirió el peso de una afirmación. La actitud de ella afirmaba constantemente lo que él no había dicho: lo tenía ya por un hombre obsesionado e inofensivo. No obstante, eso dio a su propósito un elemento de honradez y, cuando terminó de vestirse, ya había dado con su propio correctivo. Estaban cerca de Navidad, pero ese año la Navidad, igual que ocurría en Londres muchos años, era desconcertantemente cálida; el aire tranquilo era suave, la luz gris, la enorme ciudad parecía vacía, y en el parque, donde la hierba era verde, donde pastaban las ovejas, donde los pájaros trinaban multitudinarios, las rectas avenidas se prestaban a la lentitud y las vistas borrosas a la intimidad. Esa mañana asió con fuerza, hasta que salió de casa, su sacrificio al honor, y luego lo llevó consigo a la oficina de Correos más próxima y lo plasmó en un telegrama; convencido de que era un sacrificio sólo porque, por diversas razones, le había parecido un esfuerzo. Si se lo pareció fue por la previsible oposición de Kate, que no sería menor que en ocasiones anteriores, razón por la cual —tal vez con cierta ingenuidad por su parte— procuró que el telegrama sonase persuasivo. Aunque era un recuerdo de momentos tiernos, tuvo que ser, por la joven de detrás de la ventanilla, un tanto críptico; pero hubo mucho tanto de lo uno como de lo otro, pues representaba un impulso generoso y se gastó un par de chelines. Hubo también un momento ese mismo día, en el parque, mientras observaba atentamente uno de los senderos que habían frecuentado en otro tiempo, en que un crítico cínico podría haber dado por sentado que estaba considerando las posibilidades de recuperar su dinero. Esperaba —estaba acostumbrado: el peligro de Lancaster Gate estaba prácticamente a la vuelta de la esquina—, pero ella había corrido el riesgo otras veces. Además, ahora era menor, gracias al extraño giro que había dado su relación; a pesar de lo cual estaba más serio mientras esperaba y observaba.