Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Ante el fuego, en el gran salón cubierto de arabescos y querubines, todo oropel y colorido, y que a esa hora entibiaba también el sol otoñal, dicha majestuosidad se había conservado y la situación había sido sublime, según dijo Densher en beneficio de los exquisitos cotilleos londinenses. Los cotilleos —pues en eso se quedaban sus comentarios en Lancaster Gate— no fueron menos exquisitos porque utilizara un velo de plata, ni por otro lado el velo, apenas rozado, se descorrió demasiado. En realidad, él mismo contemplaba la escena como si la viera en la página de un libro. Veía a un joven a lo lejos, inmerso en una relación inconcebible, lo veía callado, pasivo, conteniendo el aliento, pero entendiendo a medias, vagamente consciente de algo inmenso y tratando penosamente de dominarse para no perderlo. El joven que veía en esos momentos estaba demasiado lejos y era demasiado extraño para identificarlo; sin embargo, luego, fuera, reconocía su propio rostro. Sabía al mismo tiempo de qué era consciente el joven, y día tras día comprobaba lo poco que había perdido. Allí, con la señora Lowder, supo que lo había recogido todo —y ambos se lo daban a entender mutuamente en los ratos en que cruzaban elocuentes miradas—. No podían ir más allá, pero bastaba con que ella supiera lo esencial. Lo esencial era que le había sucedido algo demasiado bello y sagrado para describirlo. Había recobrado el juicio y había sido perdonado, consagrado, bendecido; pero no podía expresarlo con coherencia. Habría requerido una explicación —fatal para la fe que tenía en él la señora Lowder— sobre la naturaleza del mal que aquejaba a Milly. De modo que se limitaban a contemplar la maravillosa escena desde la puerta. Notaban la presencia en el interior de la sala… Reparaban en el silencio opresivo; y luego, reforzados así sus vínculos, se alejaban de allí.