Las alas de la paloma
Las alas de la paloma La tía Maud lo sacaba a relucir —y Densher así lo entendía— sólo para infundir cierta poesía a la vida a la que se aferraba Milly: una imagen de lo que «habría podido ser» ante la cual la buena señora se veía de nuevo reducida a las lágrimas. Había tenido su propia idea de esas posibilidades, y su propio uso social para ellas, y, puesto que Milly había estado tan de acuerdo, ¿qué era aquella crueldad, sino una crueldad, en cierto sentido, con ella misma? Aún se hizo más evidente cuando él le contó lo más espantoso: que, por mucho que lo disimulara, su joven amiga sentía un terror infinito ante el final; asunto al que después aludieron a menudo, pues a él le procuraba un extraño alivio. Densher lo consideraba en toda su crudeza, como si, por una cuestión de principios se negara a acobardarse, al menos espiritualmente. Milly se había aferrado con pasión a su sueño de un futuro y se vio separada de él, sin gritos, sólo con un triste y espantoso silencio, como el de alguna joven noble antes de partir al cadalso en la Revolución francesa a quien separasen en la puerta de la cárcel de algún objeto al que se abrazara para infundirse valor. Densher, en un momento de frialdad, dibujó la escena para la señora Lowder, aunque aún no había tenido ningún momento de suficiente frialdad para dibujársela de ese modo a Kate. Y esa actitud era lo que había sido heroico en Milly, una actitud que, como a estas alturas sabía la tía Maud, exhibió con elevado heroísmo cuando fue a despedirse de ella. Le había contado, a mayor gloria de la joven, cómo le había recibido en esa ocasión: con una majestuosidad principesca, pues sin duda era una auténtica princesa, como decía siempre la señora Stringham.