Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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Estuvo un buen rato de plantón —a él le pareció más de un cuarto de hora—; y, mientras la tía Maud le hacía esperar y esperar, se le acumularon toda suerte de observaciones y reflexiones y se preguntó qué cabía esperar de una persona capaz de tratar a alguien así. La visita, la hora las había propuesto ella, así que sin duda el retraso formaba parte de un propósito de ofenderle. No obstante, mientras deambulaba de aquí para allá e interpretaba el mensaje de su mobiliario barroco y florido, y la inmensa expresividad de sus signos y símbolos, supo que estaba dispuesto a sufrir cualquier ofensa. Incluso afrontó la idea de que no tenía nada a lo que agarrarse y eso era la peor humillación que un hombre orgulloso podía sufrir por una causa justa. Nunca había reparado con tanta claridad en que no causaba literalmente ninguna impresión, al contrario que los objetos que le rodeaban, que eran tan enormes y macizos que parecían deletrear la historia de su anfitriona de una manera directa y agresiva. «Bien mirado, es de una vulgaridad colosal», había estado a punto de decirle un día a la sobrina, aunque al final se había contenido y se había guardado para sí tan pertinente y peligrosa observación, y eso que estaba convencido de que la propia Kate lo admitiría algún día. En ese instante le pareció que venía todavía más a cuento porque, extrañamente, no tildaba a la pobre mujer de rancia o gris. La suya era una vulgaridad lozana y casi bella, pues un temperamento tan agresivo e imponente tenía cierta belleza. Era, en suma, lo peor a lo que se podía enfrentar; y se hallaba en la jaula de la leona sin su látigo, sin el látigo, en una palabra, de una provisión de réplicas adecuadas. La única réplica que tenía a su disposición era que amaba a la joven, y en aquella mansión resultaba un tanto prosaica. Kate le había dicho más de una vez que su tía era Apasionada, como si eso fuese una especie de compensación, y siempre deletreaba la palabra con la A mayúscula y la subrayaba como si pudiera, y de hecho debiera, utilizarlo en su provecho. En ese momento se preguntó cómo aprovechar dicha ventaja, pero cuanto más esperaba menos sencillo parecía. Sin duda le faltaba algo.


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