Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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Su lento ir y venir pareció proporcionarle la verdadera medida de las cosas; a fuerza de recorrerla, una y otra vez, esa distancia se fue convirtiendo en el desierto de su pobreza y su extensión era tan inmensa que ya no pudo seguir fingiendo que tenía remedio. Lancaster Gate era opulenta, nada más, pero resultaba inconcebible que él se hallara jamás en una situación remotamente comparable. Leyó con mayor viveza, y de manera más crítica, como hemos insinuado, las apariencias que le rodeaban y no pudo sino sorprenderse de su reacción estética. No había imaginado —a pesar de que Kate le había contado muchas veces que también ofendía su sentido del gusto— que llegara a conceder tanta importancia al modo en que una señora independiente pudiera decorar su casa. La mansión le hablaba con un lenguaje propio y describía con un aliento y una libertad incomparables las diversas asociaciones, conceptos, ideales y posibilidades de su dueña. Nunca, de eso estaba convencido, había visto tantas cosas unánimemente feas y ominosamente crueles. Se alegraba de haber dado con ese calificativo para el conjunto; «cruel» podía ser el tema de un artículo basado en sus impresiones. Escribiría sobre los imponentes horrores que aún florecían y alzaban intacta la cabeza en una época que tanto se enorgullecía de despreciar a los falsos dioses; tendría gracia que lo único que pudiera sacarle a la señora Lowder fuese un articulito. Sin embargo, lo más grave y siniestro era que, cuando pensó en la columna que iba a redactar, no le pareció tan fácil reírse de los imponentes horrores como encogerse ante ellos. No podía describirlos y despacharlos colectivamente como victorianos de la época temprana o tardía, pues no estaba seguro de poder incluirlos bajo una misma rúbrica. Lo único evidente es que eran espléndidos y decididamente británicos. Constituían un orden en sí mismos y abundaban en materiales raros: maderas preciosas, metales, tejidos, piedras. Jamás habría pensado que pudiese existir nada con tantos flecos y festones, con tantos botones y cordones, tan apretado, tan sólido y tan enroscado por todas partes. No había imaginado que nada pudiese tener tantos dorados y cristales, tanto satén y terciopelo, tanto palisandro, mármol y malaquita. Pero la solidez de las formas, los acabados inútiles y los gastos absurdos eran ante todo una ostentación generalizada de moralidad y de dinero, de una conciencia limpia y de una renta abultada. Representaban, en último extremo, una portentosa negación de su propio mundo intelectual y, por primera vez, fue desesperadamente consciente de ello, pues aquellos objetos se lo revelaron por medio de su despiadada diferencia.


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