Las alas de la paloma
Las alas de la paloma No obstante, la conversación con la tía Maud no fue por los derroteros que él había previsto. Aunque no cabía duda de que era apasionada por naturaleza, en esa ocasión la señora Lowder ni amenazó ni suplicó. Lo más probable era que tuviese sus armas y sus defensas al alcance de la mano, pero no las utilizó y ni siquiera aludió a ellas; de hecho, derrochó tanta amabilidad que sólo más tarde comprendió Densher lo hábil que había sido. En cambio, sí reparó en otra cosa que aún complicaba más su posición y que sólo acertó a definir como una bondad imprudente. Su amabilidad, en otras palabras, no era una simple estrategia —él no era lo bastante peligroso para requerir estrategias—, sino que se debía a que le caía un poco simpático. Desde ese momento, ella misma se volvió más interesante y ¿quién sabe lo que podría haber ocurrido si ella también le hubiese sido simpática? En fin, era un riesgo que debía correr. Pese a todo, forcejeó con el joven un rato pero con una sola mano y apenas quemó unos cuantos granos de pólvora. Al cabo de diez minutos, Densher ya había entendido sus intenciones y comprendió, sin que ella tuviese que explicárselo, que si le había hecho esperar no había sido con el propósito de ofenderle. Había querido que imaginara por su cuenta lo que iba a decirle, y si no se lo había anunciado previamente había sido para que lo dedujera allí mismo. Prácticamente lo primero que le preguntó cuando apareció por fin fue si había entendido su insinuación, y eso daba tantas cosas por sentado que la conversación enseguida se volvió franca y exhaustiva. Al oír la pregunta supo que semejante insinuación era justo lo que él había interpretado, supo que le había obligado a perdonarle su exhibición de poderío, y que, si no se esforzaba, no la entendería a ella ni la fuerza de su determinación, por no hablar de la de su imaginación y su cartera. Sin embargo, logró dominarse y se dijo que no le asustaba, que se limitaría a entenderla sin renunciar siquiera a la más débil de sus pasiones. En el mejor de los casos, la actividad de la inteligencia nos traiciona de manera terrible en la acción, en la necesidad de la acción, justo donde la sencillez resulta más esencial, pero, ya que no había modo de evitarlo, la clave era hacer las cosas a la perfección. No cometería ni un solo error a no ser que fuese por el gusto de cometerlo. Debía aplicar su funesta inteligencia a resistir. Y que la señora Lowder aplicase la suya a lo que quisiera.