Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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Cuando la tía Maud empezó a exponer su opinión sobre Kate, él pensó —por el modo en que le dio a entender que, por poco que se esforzara, no tendría más remedio que aceptarla— que no debía de odiarle demasiado. Al parecer no iba a intentar nada de momento; era evidente que, si de ese modo conseguía su propósito, no se vería obligada a hacer nada peor.

—Comprenda que no habría llegado tan lejos si no estuviese dispuesta a ir mucho más allá. Me da igual lo que le cuente usted, tal vez sea mejor que le repita mis palabras; en cualquier caso, no es nada que ella no sepa; todo esto no lo digo por ella, sino por usted: cuando quiero hablar con mi sobrina, sé muy bien dónde encontrarla.

Así se expresó, con una especie de benévola campechanía, con las palabras más claras y sencillas, como insinuando que, a pesar del adagio, a un buen entendedor no siempre le basta con pocas palabras, pero que a una buena persona sí le bastarían. La interpretación que dio nuestro joven a sus palabras fue que le era simpático porque le parecía buena persona —incluso para sus cánones—, es decir, lo bastante buena persona para marcharse y dejar en paz a su sobrina. Pero ¿lo era, según sus propios cánones? Mientras ella seguía hablando, se preguntó si no estaría condenado a demostrarlo.


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