Las Bostonianas
Las Bostonianas —Oh, no, no hay de qué maravillarse en que me alegre su visita —respondió la señora Luna— si le digo que he pasado ya tres largas semanas en esta ciudad donde nadie miente.
—Sus palabras no me parecen demasiado elogiosas —dijo el joven—. Yo no pretendo mentir.
—Oh, cielos, ¿cuál es la ventaja entonces de ser un sureño? —preguntó la dama—. Olive me ha encargado de decirle que espera que se quede usted a comer. Y si lo ha dicho es que verdaderamente lo espera. Está dispuesta a correr el riesgo.
—¿Tal como estoy? —preguntó el visitante, adoptando un aspecto más bien humilde.
