Las Bostonianas

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La señora Luna lo miró de la cabeza a los pies, y sonrió ligeramente como si tuviera ante sí una larga columna de números que sumar. Y en efecto, Basil Ransom era muy alto, y su aspecto era tan duro y desalentador como una larga suma, a pesar del rostro cordial que inclinaba sobre la mensajera de su anfitriona, el cual, a pesar de su delgadez, tenía una profunda línea, una especie de arruga prematura a ambos lados de la boca. Era alto, delgado y vestía completamente de negro: el cuello de la camisa era bajo y ancho, y el triángulo de lino, un poco arrugado, que se mostraba por la abertura de su chaleco, estaba adornado por un alfiler ornamentado con una pequeña piedra roja. Fuera de esto, el joven tenía un aspecto pobre, tan pobre como podía parecer un joven con un rostro tan bello y ojos tan espléndidos. Los de Basil Ransom eran oscuros, profundos y brillantes; la cabeza tenía un aire de nobleza que posiblemente lo hacía parecer más alto; era una cabeza que hubiera sobresalido sobre una multitud tras la mesa de un juzgado o en una tribuna política, o hasta esculpida en una medalla de bronce. La frente era alta y amplia, y sus espesos cabellos oscuros estaban perfectamente cepillados; peinados sin raya, caían hacia atrás como la melena de un león. Estos elementos, especialmente los ojos, con su llama intensa, podían indicar en él un futuro de gran estadista americano; o, por otra parte, podían simplemente probar que procedía de Carolina o de Alabama. Era originario, en efecto, de Mississippi, y hablaba con el acento de aquella región. No me es posible reproducir con alguna combinación de sílabas ese simpático dialecto; pero el lector iniciado no tendrá dificultad en evocar el sonido, que en el caso presente no se asociaba con nada vulgar ni superficial. Este joven delgado, pálido, de color amarillento, con las ropas raídas, con su cabeza distinguida, los hombros de persona sedentaria, la brillante dureza de rasgos, su apariencia provinciana y distinguida, es, como representante de su sexo, el personaje más importante en mi relato. Él desempeñó un papel muy activo en los acontecimientos que me propongo narrar hasta cierto límite. Y sin embargo al lector que desee tener una imagen más completa del hombre y quiera leer con los sentidos más que con la razón, le aconsejaría no olvidar que prolongaba las consonantes y se comía las vocales, que incurría en elipsis e interpolaciones igualmente inesperadas, y que su discurso estaba teñido de un sentimiento de amplitud y de pesadez, con algo de africano en sus ricos tonos bajos, algo que sugería las extensiones ilimitadas de los campos de algodón. La señora Luna se había preocupado en observar todo esto, pero vio solo una parte; de otro modo no habría respondido de un modo burlón a su pregunta:


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