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La joven sumaba y sumaba, en el fondo del corazón, mientras seguía en silencio. En aquel momento no había música que los obligara a estar callados; sin embargo, él no decía nada, igual que ella, y, durante unos minutos, Laura también sumó ese dato a la lista. Tenía la sensación de estar corriendo una carrera contra el fracaso y la vergüenza; ganaría si llegaba a la meta antes de que la alcanzara la degradación del día siguiente. Pero eso no quedaba lejos, y cada minuto que pasaba estaba más cerca. En realidad, llegaría esa misma noche si el señor Wendover empezaba a darse cuenta de la brutalidad que suponía que Selina no regresara. El consuelo había sido que, hasta el momento, el señor Wendover no había advertido ninguna brutalidad. En la orquesta, algunos violines emitían sonidos de prueba; hacían más corta la espera e inquietaban a Laura, convencida de que él podía alejarla del fango, si quería. Pero el hecho de que observara el palco vacío de lady Ringrose sin hacer ningún comentario alentador no parecía demostrar que quisiera. Laura esperaba que dijera que, sin duda, su hermana aparecería ya, pero sus labios no pronunciaron esas palabras. Quizá le complacía que Selina estuviera ausente o quizá lo condenaba pero, en cualquier caso, ¿por qué no decía nada? Si no tenía nada que decir, ¿por qué había dicho ya algo, por qué había actuado, qué pretendía…? Pero el desafío que internamente la joven le lanzaba se perdía en una neblina de desfallecimiento; se estaba obligando a cumplir un propósito, y eso le dolía hasta el punto de angustiarla, y todo cuanto la rodeaba se movía y emborronaba mientras oía afinar los violines.


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