Lo mas selecto
Lo mas selecto —Bueno, pero yo tenÃa motivos para suponer que esas damas sà la tenÃan: al menos ellas eran americanas.
—«Ellas», ¡estimado caballero! Por el amor de Dios, no meta en esto a la horrible Selina.
—¿Y por qué no, si también yo la admiraba? La admiro muchÃsimo y la casa me parecÃa muy interesante.
—Alabado sea Dios, si ésa es la idea que tiene usted de una casa agradable. Pero no lo sé, siempre he guardado un poco las distancias —añadió lady Davenant, conteniéndose. Después prosiguió—: Si tanto le gusta la señora Berrington, lamento informarle de que esa mujer no vale nada.
—¿Nada?
—¡Nada de nada! He estado pensando si debÃa contárselo y he decidido hacerlo porque deduzco que no tardará en saberlo por sà mismo. Selina se ha largado, como dicen comúnmente.
—¿Se ha «largado»? —repitió el señor Wendover.
—No sé cómo lo dicen ustedes en América.
—En América no hacemos esas cosas.
—Ah, si se quedan en casa, como acostumbran a hacer en el extranjero, la cosa está mejor. Supongo que no la creÃa usted capaz de comportarse correctamente, ¿no?