Lo mas selecto
Lo mas selecto —SÃ, horrible. Pero no me traicione.
—¿Traicionarla? —repitió él, como si se hubiera distraÃdo un momento.
—Con la joven. ¡Piense en su vergüenza!
—¿Su vergüenza? —dijo el señor Wendover, con el mismo tono.
—Le pareció que un hombre honrado podrÃa salvarla de lo que resultaba cada vez más patente, podrÃa darle su apellido, su confianza, y ayudarla a salvar aquel mal paso. Exagera la gravedad de todo ello, el estigma de su parentesco. Por Dios, si asà fuera, ¿dónde estarÃamos algunos de nosotros? Pero ésas son sus ideas, totalmente sinceras, y se apoderaron de ella en la ópera. TenÃa la sensación de encontrarse perdida y sufrÃa muchÃsimo deseando que la rescataran. Se encontró con un caballero amable que parecÃa… que, sin duda, le habÃa parecido… —y lady Davenant, con el anciano y bello rostro iluminado por su brillante sagacidad y con los ojos en los del señor Wendover, hizo una pausa y se detuvo en esa palabra—. Por supuesto, debió de tener un ataque de nervios.
—Lo siento mucho por ella —dijo el señor Wendover, con aquella gravedad que no comprometÃa a nada.
—¡Y yo! Y, por supuesto, si usted no estaba enamorado de ella, pues no lo estaba, ¿verdad?