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—¿Divorciarme de ella? ¡Por todos los demonios! ¡Claro que sí!

—Entonces, ¿por qué hablas de los niños, si no te apiadas de ellos?

Lionel la miró fijamente un momento.

—Creía que habías dicho que los niños saldrían adelante de todos modos.

Laura inclinó la cabeza y la apoyó en el dorso de la mano, que descansaba sobre el brazo de piel del sofá. Y así se quedó mientras Lionel seguía fumando; al poco, para salir de la habitación, se levantó con un esfuerzo que le supuso dolor físico. Él se acercó para detenerla e intentó cogerle la mano persuasivamente con una buena disposición que ella no quiso apreciar.

—¡Querida muchacha! ¡No quieras comportarte como ella! Si te quedas aquí tranquila, no te citaré, te doy mi palabra de que no lo haré. ¡En fin! Seguro que quieres ver al médico. Y, aunque la trajeras de regreso a casa envuelta en papel rosa, ¿de qué serviría? ¿Supones ingenuamente que volveré a mirarla a la cara, como no sea en la sala de un tribunal?

—¡Debo hacerlo, debo hacerlo, debo hacerlo! —exclamó ella, apartándose con un gesto brusco y encaminándose a la puerta.

—Bueno, en ese caso, adiós —dijo él con el tono más adusto que le había oído nunca.


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