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Laura no contestó, se limitó a huir. Se encerró en su habitación y estuvo allí durante una hora. Al cabo de este tiempo, salió y se dirigió a la sala de los niños, donde le pidió a la señorita Steet que tuviera la amabilidad de salir a hablar con ella. La niñera la siguió a sus habitaciones y allí Laura le confió algunas de sus inquietudes. Quería hacer algunas cosas antes de marcharse y estaba demasiado débil para actuar sin ayuda. No quería interrogar directamente a los criados, por lo que agradecería a la señorita Steet que les preguntara si el señor Berrington cenaba en casa. Laura le dijo que su hermana estaba enferma y que iba corriendo a reunirse con ella en el extranjero. Así mencionó que la señora Berrington se había marchado del país aunque, por supuesto, ninguna reconoció abiertamente los motivos de la marcha. Daban hipócrita y tácitamente por supuesto que había ido a visitar a algunos amigos y nada había de extraño en su viaje. Laura sabía que la señorita Steet sabía la verdad, y la institutriz sabía que ella lo sabía. La mujer ayudó, muy confusa, a los preparativos de la muchacha; no se atrevió a comportarse con una actitud comprensiva, ya que eso habría sugerido algún tipo de calamidad, pero consiguió a la perfección mostrarse lúgubre. Insinuó que Laura estaba enferma, pero ésta replicó que eso no tenía la menor importancia cuando su hermana estaba muchísimo peor. Obtuvo el dato de que el señor Berrington cenaba fuera —el mayordomo creía que con su madre— pero el hombre no le fue de ninguna utilidad para encontrar en la guía Bradshaw, que subió del vestíbulo, el horario del barco nocturno a Ostende. Lo encontró Laura; salía tarde y eso le convenía, así como que estuvieran muy cerca de la estación Victoria, donde tomaría el tren hacia Dover. La institutriz quería ir a la estación con ella, pero la joven no quiso ni oír hablar de ello: sólo le permitió procurarle un coche de alquiler. Laura dejó que la ayudara todavía más y la envió a hablar con la doncella de lady Davenant, cuando ésta llegó a Grosvenor Place para preguntar, en nombre de su señora, qué diablos había sido de la pobre señorita Wing. La doncella suponía, dijo la señorita Steet al regresar, que la señora habría ido en persona si no hubiera estado tan enfadada. Estaba furiosa, como lo indicaba que hubiera devuelto la maleta y la ropa de su joven amiga. Laura también tomó prestado dinero a la institutriz, ya que tenía muy poco a mano. La institutriz se fue animando a medida que avanzaban los preparativos: nunca se había visto envuelta en una fuga nocturna con ocultas implicaciones clandestinas; su misma imprudencia (para una joven sola y enferma) resultaba romántica, y antes de que Laura hubiera bajado al coche de alquiler, empezó a decir que la vida en el extranjero debía de ser fascinante y a hacer reflexiones soñadoras. Comprobó que no hubiera peligro en la sala de los niños —que éstos estuvieran dormidos— para que entrara su tía. Besó a Ferdy mientras su acompañante ponía los labios sobre Geordie, y a Geordie mientras Laura se inclinaba un momento sobre Ferdy. A la puerta del coche, intentó que aceptara más dinero y nuestra heroína tuvo la extraña sensación de que si el vehículo no se hubiera puesto en marcha le habría metido en la mano un recuerdo para el capitán Crispin.


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