Lo mas selecto
Lo mas selecto Un cuarto de hora más tarde, Laura estaba sentada en un rincón de un vagón de tren, envuelta en una capa (la noche de julio era fresca, como sucede en Londres con frecuencia: lo bastante fresca para que, a sus sombríos pensamientos, se sumara la perspectiva del viento del Canal de la Mancha), esperando en una vana tormenta de nervios que el tren se pusiera en marcha. Su mismo nerviosismo la había hecho llegar demasiado pronto a la estación y tenía la sensación de haber esperado ya demasiado. Una dama y un caballero habían ocupado su lugar en el coche (todavía no había llegado el momento de que salieran multitudes de turistas) y habían dejado ahí sus pertenencias mientras paseaban por el andén. El largo crepúsculo inglés seguía en la atmósfera, pero bajo el sombrío arco de la estación era ya oscuro; y Laura se tranquilizaba pensando que el alejado rincón del vagón que había elegido estaba en sombra. Sin embargo, aparentemente eso no impidió que la reconociera un caballero que se detuvo ante la puerta, mirando hacia dentro, con el movimiento de quien va de vagón en vagón. En cuanto la vio, subió rápidamente y al instante siguiente el señor Wendover estaba sentado en el borde del asiento de al lado, inclinándose sobre ella y hablándole en voz baja, con las manos juntas. Laura se encogió y cerró otra vez los ojos. El señor Wendover le cortaba el paso para salir del compartimiento.