Lo mas selecto
Lo mas selecto Las casas estaban a oscuras en la noche de agosto y la perspectiva de Beacon Street, con su doble cadena de farolas, era un desierto en escorzo. La fachada semicilíndrica del club, único edificio que se alzaba en la colina, proyectaba su resplandor sobre la sombría vaguedad del parque del Common y, cuando pasé por delante, oí en la cálida quietud el golpeteo de un par de bolas de billar. Como «todo el mundo» estaba fuera de la ciudad, quizá los criados, en su insólito ocio, profanaban las mesas. El calor era insufrible y pensé con alegría en el día siguiente, en la cubierta del vapor, la brisa refrescante, la sensación de embarcar. Incluso me alegraba de la noticia que me habían dado por la tarde en el despacho de la compañía: a última hora habían sustituido el barco en que había reservado mi billete por otro más lento. América se asaba, en Inglaterra no se podría respirar, y una travesía lenta (que, en aquella época del año, probablemente sería buena) era garantía de diez o doce días de aire fresco.