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El señor Wendover no subió a otro compartimiento; esa noche regresó a Queen’s Gate. Sabía lo interesada que estaba su vieja amiga, como ahora la consideraba, en conocer las andanzas de Laura (aunque, como se enteró al entrar de nuevo en el salón, ya se había informado a través de su doncella), y sentía la necesidad de decirle una vez más de qué manera las palabras que había pronunciado cuatro días antes habían fructificado en su corazón, cómo habían creado en él una impresión extraña e imborrable: decirle, en definitiva, y repetírselo una y otra vez, ¡que estaba tremendamente enamorado! lady Davenant se sintió muy ofendida por la perversidad de la muchacha, pero aconsejó al señor Wendover que tuviera paciencia, una paciencia duradera y constante. Una semana más tarde, Laura Wing, desde Amberes, le comunicó que tomaba un barco desde ese puerto en dirección a América, pero la carta no mencionaba a Selina ni cómo ésta la había acogido en Bruselas. El señor Wendover siguió a su joven compatriota hasta Estados Unidos (al menos, eso no podía impedírselo) y allí, por el momento, tiene la oportunidad de poner en práctica la humilde virtud que le recomendó lady Davenant. Sabe que Laura no tiene dinero y que está con unos parientes lejanos en Virginia; situación que él —tal vez demasiado superficialmente— imagina indeciblemente sombría. Sabe además que lady Davenant le ha enviado cincuenta libras y él también tiene la intención de hacerle llegar dinero, aunque no directamente a Virginia sino dando un rodeo por Queen’s Gate. Sin embargo, ahora que se avecina el lamentable juicio de Lionel Berrington, el señor Wendover reflexiona con cierta satisfacción que el Tribunal de Divorcios queda muy lejos de las orillas del Rappahannock. Empieza el caso de «Berrington contra Berrington y otros», pero eso ya son asuntos de actualidad.


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