Lo mas selecto
Lo mas selecto Cuando por fin entró la señora Nettlepoint, acompañada de unas velas y una bandeja cargada con vasos de un fluido coloreado que sonaba con un fresco tintineo, me encontré en situación de hacer de maestro de ceremonias, presentar a la señora Mavis y a la señorita Grace Mavis, notificar que la señora Allen les había recomendado que se presentaran de aquella manera informal —qué recomendar: había insistido en ello— y sólo los agobios de tantas ocupaciones, algo tan característico en ella (en especial cuando venía de Mattapoisett sólo para unas horas de compras), habían impedido que ella misma, a lo largo del día, pasara por la casa para explicar quiénes eran y cuál era el favor que tenían que pedir a la señora Nettlepoint. Las mujeres bondadosas se comprenden unas a otras aunque estén separadas por las líneas que delimita la topografía, y nuestra anfitriona entendió al instante los principales hechos: la visita de la señora Allen por la mañana a Merrimac Avenue para hablar de la gran idea que había tenido la señora Ambers, las clases en las escuelas públicas durante las vacaciones (sentía un caritativo interés similar al de la señora Mavis —¡incluso con aquel tiempo!— por las del South End), destinadas a juegos, ejercicios y música, a fin de apartar de las calles a los hijos desocupados de los pobres; y la revelación de que, de repente, se había decidido, casi de la noche a la mañana, que Grace embarcara rumbo a Liverpool, ya que el señor Porterfield estaba por fin preparado. Éste se tomaba unas pequeñas vacaciones; su madre estaba con él, habían ido desde París a ver algunos de los famosos edificios antiguos de Inglaterra, y había telegrafiado para decir que si Grace se ponía en marcha inmediatamente podrían casarse de una vez. Sucedía con frecuencia que, cuando las cosas duraban tantos años, al final acababan de cualquier modo. Por supuesto, dado el caso, ella, la señora Mavis, había tenido que correr. Su hija ya tenía billete, pero parecía terrible que tuviera que viajar completamente sola, en la primera ocasión que se embarcaba, sin compañía ni escolta. Ella no podía ir, el señor Mavis estaba demasiado enfermo: ni siquiera había podido acompañarla a la costa.