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La señora Allen había dicho: «Bueno, pues la señora Nettlepoint viaja en ese barco»; y se le ocurrió que no había nada más sencillo que encomendarle a la joven. Cuando la señora Mavis contestó que eso estaba muy bien pero que no conocía a la tal dama, la señora Allen declaró que, con lo amable que era la señora Nettlepoint, eso no tenía la menor importancia. Era muy fácil conocerla, si ése era el único problema. Lo único que tenía que hacer la señora Mavis era acercarse a la señora Nettlepoint a la mañana siguiente, cuando acompañara a su hija al barco (la vería allí en la cubierta con su grupo), y contarle lo que quería. La señora Nettlepoint tenía hijas y lo entendería fácilmente. Era muy probable incluso que cuidara un poco de Grace al otro lado del charco, en esa situación tan rara en que se encontraba, yendo sola a reunirse con el caballero al que estaba prometida; la ayudaría a prepararse para la boda. El señor Porterfield parecía pensar que no esperarían mucho una vez llegara: irían directamente al cónsul de Estados Unidos. La señora Allen había sugerido que tal vez fuera mejor ir a ver antes a la señora Nettlepoint, ese día, para decirle lo que querían: así no tendría la sensación de que la asaltaban en el momento en que partía. Ella misma (la señora Allen) tenía intención de pasar y decir unas palabras en su nombre si tenía diez minutos libres antes de tomar el tren. Si no había ido era porque no había tenido diez minutos libres; pero les había sugerido que debían ir ellas igualmente. La señora Mavis lo prefería, porque en el barco por la mañana habría mucho jaleo. Su hija no sería ninguna molestia, estaba segura. Era sólo para que tuviera alguien con quien hablar y para no mandarla de viaje como si fuera una criadita de camino a un empleo.


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