Lo mas selecto
Lo mas selecto No sé bien por qué, estas palabras me hicieron pensar en el tartán del pobre señor Porterfield, especialmente cuando Jasper Nettlepoint regresó en aquel momento con aire despreocupado. Su madre lo desafió al instante: eran ya las diez, ¿por casualidad el señor había tomado ya alguna decisión? Al parecer, él no la oyó, sorprendido por la presencia de las dos desconocidas y, después, sobresaltado por el hecho de que una de ellas no lo fuera. El joven, tras una ligera vacilación, saludó a la señorita Mavis estrechándole la mano y diciendo:
—¡Oh, buenas noches! ¿Cómo está usted?
No la llamó por su nombre y me di cuenta de que se le había olvidado; pero ella pronunció el suyo al instante y, aprovechando las costumbres de las jóvenes americanas, se tomó la libertad de presentárselo a su madre.
—¡Vaya! ¡Podrías haberme dicho antes que lo conocías! —exclamó la señora Mavis. Después, sonriendo a la señora Nettlepoint, añadió—: Si hubiera sabido que era un conocido me habría ahorrado tanta inquietud.
—¡Ah, los conocidos de mi hijo…! —murmuró la señora Nettlepoint.