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—Disculpe, ¿no quiere tomar nada? —preguntó Jasper a Gracie; pero ésta declinó el ofrecimiento, como si deseara compensar la copiosa consommation de su madre. Pensé para mí que las dos damas deberían marcharse ya, una vez resuelta tan satisfactoriamente la cuestión de la buena voluntad de la señora Nettlepoint y estando ya tan cercano el encuentro al día siguiente en el barco; y llegué a la conclusión de que la demora en la partida, cuando la dueña de la casa estaba ya visiblemente nerviosa, era señal de escasa educación. Así pues, al fin y al cabo, la señorita Grace no había mejorado tanto en comparación con su madre, porque bien podría haber tomado ella la iniciativa de marcharse, por mucho que la señora Mavis estuviera dedicada a dar sorbitos regulares de su vaso de refresco, como si quisiera hacerlo durar. Contemplé a la joven cada vez con mayor curiosidad; no podía dejar de formularme una pregunta o dos sobre ella ni dejar de percibir (sin gran detalle) que su posición no era tan sencilla. ¿Acaso no era un indicio confuso que hubiera deseado quedarse el tiempo suficiente para aclarar si Jasper iba a zarpar? ¿No habría sucedido algo especial entre ellos en la ocasión o en el período al que habían aludido indirectamente? ¿De veras ignoraba que su madre la llevaba a casa de la madre de él, aunque, al parecer, había preferido no mencionar la circunstancia? Todo esto eran complicaciones para una joven comprometida con aquel curioso fantasma de un tal señor Porterfield vestido con tela a cuadros. Pero debo añadir que la joven no me dio más motivo para pensar mal de ellos que el mero hecho de que animara a su madre, con su inmovilidad, a seguir ahí más rato. Sin embargo, por algún motivo tenía la sensación de que sabía muy bien lo que hacía. Me levanté para marcharme, pero la señora Nettlepoint me detuvo después de comprobar que mi gesto no se había interpretado como una indirecta, y me di cuenta de que deseaba que no dejara a las otras visitas en sus manos. Jasper se lamentó del bochorno que hacía en la habitación y dijo que no era noche para estar sentado en una sala sino al aire libre, bajo el cielo. Protestó porque las ventanas situadas frente al agua no daban a un balcón ni a una terraza, hasta que su madre, a la que todavía no había satisfecho sobre el contenido de su telegrama, le recordó que había una hermosa terraza en la fachada de la casa en la que cabía una docena de personas. Le aseguró que iríamos y nos sentaríamos allí si así lo deseaba.


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