Lo mas selecto
Lo mas selecto Por lo general, la gente dedica las primeras horas de un viaje a apretujarse en el camarote, a tomar pequeñas precauciones que acaban resultando excesivas o inconvenientes, a admirarse de cómo va a ser capaz de pasar tantos días en un cuchitril y a hacer preguntas imbéciles a los camareros que, en comparación, parecen hombres de mundo. Mis propios prolegómenos fueron rápidos, como corresponde a un viejo marinero, y, al parecer, también lo fueron los de la señorita Mavis, porque cuando subí a cubierta, al cabo de media hora, la encontré sola, en la popa del barco, mirando hacia el menguante continente. Menguaba muy deprisa para ser un lugar tan grande. Me acerqué, aunque no había mantenido con ella ninguna conversación en medio de la multitud que se despedía y el tumulto de adioses que se produjo antes de zarpar; hablamos un poco del barco, de nuestros compañeros de viaje y de las perspectivas que se nos ofrecían, y después dije:
—Creo que anoche nombró a alguien que conozco: el señor Porterfield.
—Oh, no. No lo nombré ni una sola vez —contestó, sonriéndome a través de un ceñido velo.
—Entonces fue su madre.
—Es muy probable que fuera mi madre —y siguió sonriendo, como si yo hubiera debido advertir la diferencia.