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—Oh, no es asunto mío —contesté, dejando a la señora Peck y subiendo al piso de arriba. Debo confesar que esa exclamación no respondía exactamente a lo que yo creía o, mejor dicho, lo que yo creía no respondía exactamente a la exclamación. Lo primero que hice al llegar a cubierta fue advertir que la señorita Mavis paseaba del brazo de Jasper Nettlepoint y que, de acuerdo con la insinuación de la señora Peck, por mucha belleza que hubiera perdido conservaba la suficiente para atraer las miradas. Se había puesto una especie de caperuza roja que le favorecía mucho y que llevó durante el resto del viaje. Andaba muy bien, con pasos largos, y recuerdo que entonces en el océano se levantaba un suave oleaje vespertino que mecía el gran barco lenta y rítmicamente, dándole un movimiento que hacía más garboso el paso de los caminantes garbosos y más torpe el de los torpes. Era el momento más hermoso de un buen día, las claras horas de la media tarde, con el resplandor del sol poniente en el aire y el mar de color violeta. Siempre he pensado que las aguas que surcaban los héroes homéricos debían de tener ese mismo aspecto. Por otra parte, advertí en esa ocasión que, durante el resto del viaje, Grace Mavis sería lo más destacado del barco, la figura más relevante en la composición de los grupos. No podía evitarlo, pobrecilla. La naturaleza la había hecho llamativa: importante, como dicen los pintores. Pero, a cambio, se veía expuesta al interés ajeno, al peligro de que la gente, como yo había dicho a la señora Peck, se metiera en sus asuntos.


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