Lo mas selecto
Lo mas selecto Al salir del salón vacilé porque la advertencia de la señora Peck me hizo sentir por un momento que, si subía a cubierta, en cierto modo pasaría a formar parte de su conspiración. Pero la noche era tan cálida y espléndida que hacía rato que me apetecía fumar un puro al aire libre antes de bajar y no veía por qué debía privarme de ese placer para que no pareciera que me importaba la señora Peck. Subí y vi unas pocas figuras sentadas o moviéndose en la oscuridad. El océano parecía negro y pequeño, como sucede de noche, y la larga masa del barco, con sus alas en penumbra, parecía ocupar gran parte del mar. Se veían más estrellas que en el continente y el cielo parecía, más que nunca, mayor que la tierra. Grace Mavis y su acompañante no se encontraban entre los escasos pasajeros trasnochadores, al menos eso me pareció al principio, y me alegré, porque odiaba oír hablar de ellos tal como lo hacían los chismosos que había dejado en la cena. Deseaba que hubiera alguna manera de evitarlo, pero no se me ocurría otro modo que recomendarle a ella en privado que cambiara de costumbres. Eso sería muy delicado y quizá preferiría empezar por Jasper, aunque también sería delicado. En cualquier caso, podía hacérsele saber, en tono amistoso, que estaba exponiendo a la joven a la observación ajena y dejar que esa revelación fuera haciendo mella en él. Por desgracia, no estaba seguro de creer que la pareja no fuera consciente de la observación y de la opinión de los pasajeros. No eran niños; poseían cierta perspectiva social. Yo no tenía muy claros los detalles de una conducta que los había convertido (según la versión de mis buenos amigos del salón) en un escándalo para el barco porque, aunque los observaba mucho, sin duda no los había observado tan continuamente ni con tanta avidez como la señora Peck. No obstante, era probable que supieran lo que se pensaba de ellos —aquello que podrían llegar a pensar— y les diera lo mismo. Esto daba una idea de la señorita Mavis bastante cínica e incluso poco recatada; y, sin embargo, de un modo u otro, si así era no por ello me resultaba desagradable. No sé qué excusas secretas y extrañas encontraba a su favor. Al poco las necesité todas, pues cuando me encontraba a punto de bajar de nuevo, tras dar varias vueltas inquieto (sin cruzar el límite de la zona en que se permitía fumar) y aspirar un puro con ganas, reparé en un par de siluetas detrás de un bote salvavidas que descansaba en cubierta. Estaban situadas de tal manera que sólo podía verlas quien se acercara a la borda y atisbara un poco hacia un lado. Creo que no me dediqué a atisbar, pero cuando me detuve un momento junto a la borda, un objeto oscuro que salía de debajo del bote atrajo mi atención y, como vi al mirar de nuevo, era la cola del vestido de una dama. Me incliné al instante pero, incluso entonces, vi muy poco más; sin embargo eso apenas importaba, pues di por hecho de inmediato que las personas ocultas en aquel rincón tan acogedor eran Jasper Nettlepoint y la prometida del señor Porterfield. Sin duda, podía decirse que estaban ocultos y lo lamenté de veras; era una muestra de mal gusto. Inmediatamente me di la vuelta y al poco me encontré de cara con el capitán del barco. Había ya charlado con él (había tenido la bondad de invitarme a su mesa, igual que había invitado a la señora Nettlepoint y a su hijo, así como a la joven que viajaba con ellos, e incluso a la señora Peck) y había observado con placer que poseía la capacidad, no del todo común en los transatlánticos, de mezclar la cortesía con el arte de navegar.