Lo mas selecto
Lo mas selecto —¡Oh, quizá tenga usted la amabilidad de señalármelo! —y se alejó deprisa. Mientras la miraba marchar, tuve la sensación singular, perversa y bastante embarazosa, de que, durante los días anteriores, y especialmente en relación con Jasper Nettlepoint, mis intervenciones la habían perjudicado. Sentí algo así como una punzada al verla sola; me sentí responsable y me pregunté por qué no podía haberme quedado al margen. Aquel día, al pasar, en más de una ocasión había visto a Jasper en el salón de fumadores, y media hora antes de esa conversación había observado, a través de la puerta abierta, que seguía en él. Jasper había estado con ella tanto tiempo que, sin él, ella tenía un aire desolado, abandonado. Sin duda, así era mejor, pero visto de modo superficial, daba cierta pena. La señora Peck me habría dicho que su separación era pura filfa, que no aparecían juntos en cubierta ni en el salón, pero que se encontraban en cualquier otro lugar. En un barco no abundan los lugares secretos; el «otro lugar» de la señora Peck habría sido vago y no sé qué licencias se había tomado su imaginación. Resultaba evidente que Jasper se había enfriado pero, como es natural, ese no era el caso de lo sucedido entre ambos ni podría serlo nunca. Más tarde, a través de su madre, conocería la versión de él, pero debo señalar que no me la creí. La pobre señora Nettlepoint sí, naturalmente. Después de que la joven se alejara, me sentía capaz de ir a buscar al muchacho y decirle: «¡Hágale un poquito de caso, sólo hasta que lleguemos! Qué más dará cuando hayamos desembarcado». Y creo que no fue el temor a que me llamara imbécil lo que me lo impidió. En cualquier caso, la vez siguiente que crucé la puerta del salón de fumadores vi que se había marchado. Esa noche hice mi visita habitual a la señora Nettlepoint, pero no la inquieté más hablándole de la señorita Mavis. La señora Nettlepoint había llegado a la conclusión de que todo estaba tranquilo y resuelto, y me parecía que ya la había preocupado y ya se había preocupado ella bastante. Dejé que disfrutara por anticipado de la llegada, puesto que esa idea se había adueñado de su pensamiento. Antes de irme a acostar, subí a cubierta y encontré allí más pasajeros que nunca a esas horas tan tardías. Jasper paseaba entre ellos a solas, pero me abstuve de unirme a él. La costa de Irlanda había desaparecido, pero la noche y el mar eran perfectos. Cuando bajé, de camino a mi camarote, me encontré a la camarera en uno de los pasillos y se me ocurrió de repente decirle: