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Cuando las señoras dejaron la mesa, el anfitrión, como es costumbre, pidió a los caballeros que se agruparan, por lo que Lyon se encontró delante del coronel Capadose. La conversación versaba principalmente sobre la caza porque, al parecer, había sido un día muy bueno. La mayoría de los caballeros comunicaron sus aventuras y opiniones, pero la agradable voz del coronel Capadose era la más audible del coro. Era un órgano fresco y brillante, pero masculino; la voz que, en opinión de Lyon, correspondía a un «hombre refinado». De sus comentarios se deducía que era un jinete más que correcto, tal como Lyon habría esperado. No fanfarroneaba, ya que sus alusiones eran discretas e intrascendentes; pero todas hacían referencia a experiencias peligrosas y situaciones de riesgo. Al cabo de un rato, Lyon se dio cuenta de que la atención que prestaban los presentes a las observaciones del coronel no estaba en proporción directa al interés que éstas parecían tener; el resultado fue que el narrador, que observó que al menos él sí lo escuchaba, empezó a tratarlo como su oyente particular y a mirarlo mientras hablaba. Lyon no debía hacer otra cosa que adoptar una expresión comprensiva y asentir, ya que el coronel Capadose parecía dar por sentadas la comprensión y el asentimiento. Un hacendado de la vecindad había sufrido un accidente; se había dado un golpe en mal lugar, justo al final de la cacería, con consecuencias que parecían graves. Se había golpeado en la cabeza; por lo que se sabía hasta el momento, seguía inconsciente: resultaba evidente que había sufrido una conmoción cerebral. Se intercambiaron opiniones sobre su recuperación, cuánto tardaría en producirse o si llegaría a producirse algún día; lo que llevó al coronel a confiar por encima de la mesa a nuestro artista que él no perdería la esperanza, aunque tardara semanas en recobrar el conocimiento —semanas y más semanas—, meses e incluso años. Se inclinó hacia delante; Lyon también se inclinó para escuchar, y el coronel Capadose dijo que sabía por propia experiencia que uno podía permanecer inconsciente un tiempo indefinido sin que pasara nada irremediable. Le había sucedido a él en Irlanda, años atrás; había salido despedido de un carro tirado por caballos, había dado un salto mortal y había aterrizado sobre la cabeza. Lo daban por muerto, pero no lo estaba; primero lo llevaron a la cabaña más cercana, donde estuvo varios días entre los cerdos, y después a una posada en un pueblo cercano: poco faltó para que lo enterraran. Estuvo del todo inconsciente, sin reconocer ni remotamente a ningún ser humano, tres meses enteros; no daba la menor muestra de conciencia. Estaba en una situación tan crítica que no podían acercarse a él, no podían darle de comer, apenas podían mirarlo. Y un buen día abrió los ojos ¡sano como una manzana!


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