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Se apartó para dejarle más sitio en el pequeño sofá. Él se sentó y disfrutó de la conversación mientras recordaba los motivos por los que ella le gustaba en otros tiempos y sentía de nuevo similar aprecio. Ella seguía siendo la belleza menos estropeada que había visto nunca, con una tal falta de coquetería o arte de insinuación que parecía casi una facultad omitida; en algunos momentos le daba la sensación de que era una hermosa criatura procedente de un sanatorio, una sorprendente sordomuda o una ciega que se manejaba con desenvoltura. Su noble cabeza pagana le concedía privilegios que pasaba por alto y, mientras la gente admiraba su frente, ella se preguntaba si habría un buen fuego en su dormitorio. Era sencilla, amable y buena; inexpresiva, pero no por ello inhumana o tonta. De vez en cuando decía algo que parecía tamizado, seleccionado: sonaba a impresión de primera mano. No tenía imaginación, pero había puesto cierto orden en sus sentimientos, en algunas de sus reflexiones sobre la vida. Lyon habló de los viejos tiempos en Múnich, le recordó incidentes, placeres y dolores, le preguntó por su padre y los demás; y ella le contó, a cambio, que le impresionaba tanto su fama, su brillante posición en el mundo, que no estaba muy segura de que quisiera hablar con ella ni de que el discreto gesto que había hecho en la mesa estuviera dirigido ella. En definitiva, sus palabras eran sinceras —era incapaz de otra cosa— y él quedó impresionado ante tanta humildad por parte de una mujer cuyo estilo era único. Su padre había muerto; uno de sus hermanos estaba en la marina y el otro en un rancho en América; dos de sus hermanas estaban casadas y la más joven empezaba a despuntar y era muy bonita. No mencionó a su madrastra. Se interesó por la historia personal de Lyon y él le dijo que lo más importante que le había sucedido era que no se había casado.


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