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Apareció diez minutos más tarde en el salón de fumar con un atuendo espectacular, un traje de seda carmesí con pintitas blancas. Resultaba agradable a la vista de Lyon, le hacía pensar que la época moderna también ofrecía su esplendor y sus oportunidades para el vestuario. Si su esposa era una antigüedad clásica, él, en cambio, era una hermosa muestra de un período colorista: podría haber pasado por un veneciano del siglo dieciséis. Hacían una pareja notable, pensó Lyon, y, mientras contemplaba al coronel, erguido y brillante delante de la chimenea, exhalando grandes bocanadas de humo, pensó que no era sorprendente que Everina no lamentara no haberse casado con él. No todos los caballeros reunidos en Stayes eran fumadores y algunos se habían ido a la cama. El coronel Capadose señaló que, probablemente, la asamblea sería pequeña, ya que el día había sido muy duro. Eso era lo peor de las fincas de caza: después de cenar, los hombres tenían sueño; era endiabladamente estúpido para las señoras, incluso para las que cazaban, porque las mujeres eran extraordinarias y nunca mostraban cansancio. Aún así la mayoría de los caballeros se reanimaban bajo las estimulantes influencias de la sala de fumar y algunos de ellos, en esa confianza, terminarían por aparecer. Algunos de los motivos de esa confianza, pero no todos, podían verse en un grupo de vasos y botellas dispuestos en una mesilla cerca del fuego, que hacía relumbrar con un brillo sociable la gran bandeja y su contenido; los demás merodeaban todavía en diversos rincones indecorosos del pensamiento de los más locuaces. Lyon se quedó solo con el coronel Capadose unos momentos antes de que sus acompañantes, con diversos uniformes excéntricos, fueran entrando, y advirtió que aquel hombre extraordinario tenía poca pérdida de tejido vital que reparar.


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