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Tenía cierta intención de pedir a la señorita Steet que cenara con ella aquella noche en el piso de abajo, ya que le parecía absurdo que dos jóvenes que tenían tanto en común (al menos, eso) se sentaran a cenar solas, cada una en un extremo de la casa vacía y triste en una noche como aquélla. En aquel momento, no le habría importado que Selina considerase una familiaridad semejante comida: algunas veces se permitía dar muestras de cierta irritada humildad y se situaba cerca de las personas trabajadoras y miserables. Pero, cuando observó la cantidad de fiambres que había consumido ya la institutriz, tuvo la sensación de que sería una formalidad vacía proponerle otro ágape. Se sentó con ella, junto al fuego, cuando los dos niños se habían colocado ya en la mejor postura para oír un cuento. Iban vestidos como los marineros ingleses y olían a las abluciones a las que se habían visto condenados a someterse antes de la hora del té, el aroma de las cuales sólo cubría en parte el del pan con mantequilla. Scratch quería que le contaran una historia que ya conocía y Parson una nueva, e intercambiaron una serie de poderosos argumentos. Mientras estaban así ocupados, la señorita Steet narró, a petición de su visitante, el paseo que había dado con ellos y le reveló que había estado pensando mucho tiempo en preguntar a la señora Berrington —si, por casualidad, se le presentara la ocasión— si daría el visto bueno a que les impartiera algunas nociones elementales de botánica. Pero no se había presentado la oportunidad y hacía ya mucho tiempo que se le había ocurrido la idea. Ella misma tenía cierta inclinación por ese estudio; había profundizado un poco, dijo, como si sugiriera que, en algunas ocasiones, obtenía de esa afición el consuelo necesario. Laura sugirió que, en invierno, a unos niños tan pequeños tal vez les resultara un poco árido estudiar botánica en los libros de texto: quizá fuera mejor esperar a la primavera y enseñarles en el jardín, al aire libre, algunas de las peculiaridades de las plantas. Ante lo cual, la señorita Steet replicó que su idea era ir enseñándoles despacio algunas características generales —el proceso era lento— y así estarían preparados cuando llegara la primavera. Hablaba de ésta como si faltara muchísimo. Habría deseado poder exponer la pregunta a la señora Berrington aquella semana, pero ya estaban a jueves, ¿verdad?


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