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Laura Wing envidiaba a los niños ingleses, al menos, a los varones, incluso a sus gorditos sobrinos y a pesar de los nubarrones que se cernían sobre ellos; pero había advertido ya la incongruencia entre Lionel Berrington, a los treinta y cinco años de edad, y las influencias que habían rodeado su juventud. No le desagradaba su cuñado, aunque lo admiraba poco y lo compadecía; pero se maravillaba del despilfarro que entrañaban algunas instituciones humanas (por ejemplo, la nobleza rural británica) cuando advertía lo mucho que había sido necesario para crear tan poco. El agradable salón revestido de madera, la vista del jardín que le recordaba el escenario de algunas comedias de Shakespeare, todo lo exquisito del hogar de los antepasados de Lionel… ¿qué relación visible había entre esas cosas tan hermosas y la pobre imagen de palafrenero de Lionel? Aquella tarde, al regresar, Laura encontró a los hijitos de éste jugando a ver quién hacía más ruido con las tazas (la señorita Steet puso fin a aquella falta de decoro en cuanto Laura entró) y se preguntó cómo justificarían, veinte años más tarde, el marco que, en aquel momento, les hacía parecer un cuadro. ¿Madurarían con nobleza, como perfección de la cultura humana? Tenía de nuevo ante sí el contraste, la misma sensación de curiosa duplicidad (en el sentido literal del término) que había sentido en Plash: el espíritu de aquella casa tan antigua era todo paz y decoro, y el que prevalecía fuera del aula era polémico e impuro. Le había sorprendido en ocasiones anteriores: esa máquina perfecta que todavía, algunas veces, puede hacer que la vida inglesa siga adelante con un ritmo majestuoso, aunque lleve tiempo corrompida por dentro.


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