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Las horas que durante la noche la institutriz pudiera pasar en la silenciosa sala de clases le habrían venido bien a Laura; al menos, eso creía. Con algún toque personal, habría hecho que aquel lugar fuera todavía más bonito de lo que era y, las noches de invierno, cerca del brillante fuego, habría disfrutado leyendo. Estaba la cuestión del piano nuevo (el viejo era bastante malo: ¡la señorita Steet tenía tan buenas manos!) y quizá debería pedírselo a Selina, pero no mucho más. El aula de Mellows no carecía de encanto y la muchacha deseaba a menudo haber pasado sus primeros años en un escenario tan precioso. Era una especie de salón panelado, situado en un ala, que daba sobre los grandes y mullidos céspedes y parte de la terraza donde los pavos reales solían desplegar su cola. De la pared colgaban curiosos mapas antiguos y «colecciones» —de pájaros y conchas— en cajas de cristal, y había un biombo maravillosamente pintado que había hecho la señora Berrington, cuando Lionel era joven, con grabados sencillos que ilustraban cuentos infantiles. Era el entorno idóneo para una infancia feliz y Laura creía que su hermana nunca sabría lo encantadores que estaban en él Scratch y Parson. En el caso de Lionel, la anciana señora Berrington sí lo sabía, ya que lo había dispuesto todo para él. La misma historia contaban tantos otros objetos de la casa que revelaban un profundo sentido de lo doméstico, generoso y cómodo, dirigido a eternidades de posesión, y característico, treinta años antes, de la anciana indiscutible e indiscutida cuyos sofás y «rincones» (tal vez fue la primera persona en Inglaterra que tuvo rincones) demostraban en grado sumo su habilidad.


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