Lo mas selecto
Lo mas selecto Pero no podía decirle nada semejante porque le había prometido a Selina, que ponía en eso gran empeño, que nunca se comportaría con ella con excesiva familiaridad. Selina no carecía de ideas sobre el decoro: de hecho, le sobraban; sólo que esas ideas poco tenían que ver con él, ya que las erigía en extraños lugares. No tenía un trato familiar con la institutriz de sus hijos; en realidad, ni siquiera tenía un trato familiar con los niños. Por ese motivo era imposible reconvenir a la señorita Steet cuando se sentaba como si estuviera atada sobre una pira y empezaran a encender las antorchas. Si en esa situación los mártires tomaran té y fiambres, se habrían parecido de manera extraordinaria a la irritante joven de la sala de las clases de Mellows. Laura no podía negar que era natural que la institutriz prefiriera que la señora Berrington asomara la cabeza algunas veces y diera alguna muestra de que le gustaban sus métodos; pero la pobre señorita Steet sólo sabía por los criados o por Laura si la señora Berrington estaba o no en casa: por lo general, no estaba, y la institutriz daba a entender (por su forma de ladear la cabeza cuando miraba a Scratch y Parson, a los que, naturalmente, llamaba Geordie y Ferdy) que sufría por ello una enorme carencia, e incluso que los niños se hallaban en ese mismo estado. Quizá fuera cierto en el caso de estos últimos, aunque, sin duda, no resultaba evidente en sus modales ni en su aspecto físico, y Laura estaba segura de que, si Selina se hubiera dedicado a pasar una y otra vez por la habitación, la señorita Steet se habría tomado la molestia de manera incluso más trágica. La visión de los males de aquella mujer, reales o figurados, no reducía la convicción de Laura de que ella misma habría encontrado valor para ser institutriz. Tendría que haber dado clases a niños muy pequeños, porque se consideraba demasiado ignorante para más altos vuelos. Pero Selina nunca lo habría permitido: lo habría considerado una vergüenza o, incluso peor, una pose. Seis meses antes, Laura le había propuesto que prescindiera de la institutriz de pago y aceptara que ella se encargara de los niños: así no se sentiría tan dependiente y podría hacer algo a cambio. «Y haz el favor de decirme, ¿qué pasaría cuando tuvieras que ir a cenar? ¿Quién los cuidaría entonces?», le había preguntado la señora Berrington con aire escandalizado. Laura le había contestado que quizá no fuera imprescindible que asistiera a la cena, podría cenar antes, con los niños; y que si su presencia en el salón fuera necesaria, los niños tenían una niñera que, si no era para eso, ¿para qué estaba? Selina la miró como si fuera una joven lamentablemente superficial y le dijo que tenían a la niñera para vestirlos y cuidar de su ropa, ¿quería que los pobrecitos fueran con harapos? Selina tenía sus propias ideas sobre la meticulosidad, y cuando Laura insinuó que, al fin y al cabo, a esa hora los niños estaban en la cama, declaró que, incluso cuando dormían, quería que la institutriz estuviera cerca; así era como una madre se daba cuenta de que se interesaba de veras. Selina era maravillosamente minuciosa; dijo algo de que las horas de la noche, en la silenciosa sala de las clases, eran el mejor momento para que la institutriz preparara las lecciones de los chicos para el día siguiente. Laura Wing era consciente de su propia ignorancia; sin embargo, se atrevía a creer que podría haber enseñado a Geordie y a Ferdy el alfabeto sin necesidad de previas investigaciones nocturnas. Se preguntaba qué imaginaba su hermana que les enseñaba la señorita Steet, si tenía la absurda teoría de que estudiaban latín y álgebra.