Lo mas selecto
Lo mas selecto Los niños seguían tomando el té y la pobre señorita Steet estaba sentada con ellos, consolándose con tazas bien cargadas, mordisqueando tristes bocados de tostada y mirando con aire ausente a sus pequeños compañeros mientras ellos intercambiaban breves y sonoros comentarios. Siempre suspiraba cuando Laura entraba —así expresaba cuánto apreciaba su visita— y era la única persona de las que la muchacha veía con frecuencia que le parecía más triste que ella misma. Pero Laura la envidiaba, ya que le daba la impresión de que era más digna su situación que la de la hermana de la señora de la casa. La señorita Steet había relatado su vida a la linda y joven tía de los niños y este personaje sabía que, aunque había pasado por momentos dolorosos, nunca le había sucedido nada tan desagradable, ni era probable que le sucediera, como la odiosa posibilidad de que su hermana diera un escándalo. La señorita Steet tenía dos hermanas (Laura lo sabía todo de ellas) y una estaba casada con un clérigo de Staffordshire (una zona muy fea) y tenía siete hijos y cuatrocientas libras al año; mientras que la otra, la mayor, era enormemente corpulenta y ocupaba (no sin dificultad) un puesto en un orfanato en Londres. Ninguna de las dos parecía destinada al tribunal de divorcios inglés, y semejante circunstancia en un pariente próximo le parecía a Laura, por sí misma, causa casi suficiente de felicidad. La señorita Steet nunca vivía en un estado de inquietud nerviosa, todo en ella era respetable. Algunas veces irritaba a la muchacha con su aire desfallecido de mártir: Laura tenía ganas de gritarle: «Por Dios, ¿qué motivos tiene para quejarse? ¿No se gana la vida como una joven honrada? ¿Acaso está obligada a ver a su alrededor cosas que odia?».