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Al poco tuvo Lyon una vacilante candela en la mano y, mientras salía de la habitación (no molestó a los demás dando las buenas noches; estaban absortos en el exprimidor de limones y el corcho de la botella de soda), recordó otras veces en las que se había ido solo a la cama en una oscura casa de campo; tales ocasiones no habían sido raras, porque era casi siempre el primero en abandonar la sala de fumar. Si bien no había estado en casas notoriamente encantadas, en cambio (dado su temperamento artístico), sí había encontrado que los grandes y oscuros vestíbulos y escaleras eran bastante «espeluznantes»: con frecuencia había tenido un efecto siniestro sobre su imaginación el sonido de sus pasos en los largos pasillos o el modo en que la luna de invierno asomaba por las grandes ventanas de los rellanos. Se le ocurrió pensar que si las casas sin pretensiones sobrenaturales podían tener un aspecto tan maligno por la noche, los antiguos pasillos de Stayes sin duda le causarían una profunda sensación. No sabía si los propietarios eran susceptibles; muchas veces, como había dicho al coronel Capadose, a la gente le gustaba que le adjudicaran un fantasma. Lo que lo decidió a hablar, con cierta sensación de riesgo, fue la impresión de que el coronel contaba historias raras. Cuando tenía la mano en la puerta, le dijo a Arthur Ashmore.

—Espero no encontrarme ningún fantasma.

—¿Un fantasma?


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