Lo mas selecto
Lo mas selecto Lyon encontró que sir David Ashmore era un tema pictórico excelente y, por si fuera poco, un modelo cómodo. Además, era un anciano muy agradable, tremendamente arrugado pero con la cabeza clarísima; y llevaba justo la bata afelpada que Lyon habría escogido. Se enorgullecía de su edad pero se avergonzaba de sus achaques, que, sin embargo, exageraba, y que no le impedían posar con tanta sumisión como si el retrato al óleo fuera una rama de la cirugía. Demolió la leyenda de su temor a que la operación resultara mortal con una explicación que gustó mucho más a nuestro amigo. Sostenía que un caballero sólo debía ser retratado una vez en su vida, que era una muestra de ansiedad y presunción ir colgando retratos por todas partes. Eso estaba bien para las mujeres, que eran un bonito motivo de adorno para las paredes; pero el rostro masculino no se prestaba a la repetición con finalidad decorativa. El momento idóneo para retratarlo era al final, cuando estaba allí todo el hombre, con toda su experiencia. Lyon no le pudo contestar que ese período no era un verdadero compendio —había que tener en cuenta las pérdidas— ya que, en el caso de sir David, la cristalización se había producido sin fisuras. Hablaba de su retrato como de un mapa del país que deberían consultar sus hijos en caso de duda. Y sólo se podía dibujar un buen mapa cuando se había recorrido el terreno. Dedicaría a Lyon sus mañanas, hasta la hora de comer, y hablarían de muchas cosas, sin pasar por alto, como estímulo para el chismorreo, a la gente de la casa. Ahora que «no salía», como él decía, veía menos a los visitantes de Stayes: iba y venía gente de la que él no sabía nada y le gustaban las descripciones de Lyon. El artista hacía bocetos con pincel fino, sin caer en la caricatura, y sucedía con frecuencia que, cuando sir David no conocía a los hijos e hijas, había conocido a los padres y madres. Era uno de esos terribles ancianos transformados en un almacén de antecedentes. Pero en el caso de la familia Capadose, a la que llegaron tras una cómoda etapa, su conocimiento abarcaba dos o incluso tres generaciones. El general Capadose era un viejo compinche, y recordaba también a su padre. El general no fue mal soldado, pero en su vida privada mostró una tendencia demasiado especuladora: siempre se escapaba a la City para invertir el dinero en algún asunto desastroso. Se casó con una joven que le aportó algo y tuvieron media docena de hijos. No sabía gran cosa de lo que les había sucedido, excepto que uno había entrado en la Iglesia y había ascendido, ¿no era el deán de Rockingham? Clement, el que se encontraba en aquel momento en Stayes, tenía cierto talento militar; había servido en Oriente, se había casado con una joven bonita. Había estudiado en Eton con su hijo y acostumbraba a ir a Stayes en vacaciones. Más tarde, al regresar a Inglaterra, había aparecido otra vez con su mujer; eso era antes de que a él, el anciano señor Ashmore, lo retiraran. Era un chico atractivo, pero tenía una debilidad terrible.